Select Poems by Robin Myers ’10, Translation by Ezequiel Zaidenwerg

Else

What is it really about, this need to compare everything, to make things
like other things, to metaphor our way into a kind of calm that may not
be like a scaffold erected around the air, but truly that?
I sat in a church in Masaya, Nicaragua, in late afternoon,
chose the pew because of how the light was on the floor, filtered through
the stained glass window at the top and let down red.
I looked at that light, and thought, it’s a little like blood
seeping into something soft, then left in the sun; or, it’s more
like the water of a watermelon on white sheets. But, in the end,
it most honestly looked like red light on the floor of a church in Masaya, Nicaragua,
in late afternoon. Forgive me for pulling that light away from itself,
for announcing that the moon tonight is as thin as a penny in water,
for telling you that you are like a lit match when you laugh.
I would live from flash to singular blinding flash if I could,
if that didn’t mean some species of despair, some dissolution
of faith, if that’s a metaphor I may borrow; a tragic un-jigsaw-puzzling of ourselves
and the connectedness we invent and demand; completion,
of course, being a secondary, more sorrowful concern. For each breath
really is like every other breath, and if it isn’t, then I must believe
that what is carried over, shared, or at least remembered, is where it’s going,
why it happens, why I need it; is everything, everything else.

Lo demás

¿De qué se trata en realidad, esta necesidad de compararlo todo,
de hacer que cada cosa se parezca a otra cosa, de abrirse paso a fuerza de metáforas
hacia un tipo de calma que no sea parecida a un andamio construido alrededor del aire, sino concretamente eso?
Me senté en una iglesia en Masaya, Nicaragua, mientras caía la tarde,
elegí el banco por la forma en que la luz bañaba el suelo, filtrándose a través
de los vitrales con reflejos rojos.
Pensaba, al observarla, que esa luz se parecía un poco a una mancha de sangre
que se fuera extendiendo sobre algo blando y luego se la dejara al sol; quizá se pareciera más
al agua de sandía derramada sobre sábanas blancas. Pero al final,
honestamente, se parecía más a una luz roja reflejada en el suelo de una iglesia en Masaya, Nicaragua,
mientras caía la tarde. Y te pido perdón por apartar esa luz de sí misma,
por anunciarte que esta noche la luna es más delgada que una moneda sumergida en agua,
por decirte que cuando te reís te parecés a un fósforo al momento de encenderse.
Yo, si pudiera, viviría de un fogonazo cegador a otro,
si aquello no entrañara alguna forma de desesperación, un debilitamiento
de la fe, si es que puedo tomar prestada esa metáfora; un desarmarnos a nosotros mismos como un rompecabezas,
junto con cada vínculo que establecemos y pedimos; la plenitud, sin duda,
es algo secundario y más penoso. Puesto que cada vez que respiramos
es en verdad igual a la vez anterior; caso contrario, tengo que creer
que eso que se transmite, se comparte, o al menos se recuerda, es hacia dónde va esa respiración,
por qué sucede, por qué la necesito; es todo, todo lo demás.


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